Michel Gondry: la mirada redentora
La ciencia del sueño nos devuelve a una de las voces más insólitas del cine contemporáneo
Alicia Albares
No es difícil intuir el genio que se esconde detrás de la mirada
nerviosa, huidiza, y los gestos rápidos de ese cuarentón delgado
y desgarbado que es el francés Michel Gondry. Muchas historias parecen
tomar forma en sus ojos a medida que habla con los demás... Da la sensación
de estar siempre lejos, en un universo que trata de mostrarnos pero al que nunca
podremos acceder.
Y no podría ser de otra manera si observamos la carrera que, como realizador
independiente, Gondry nos ha proporcionado en pocos años de actividad.
Sólo una persona dueña de una realidad paralela, aunque consciente
y perfeccionada a voluntad, podría haberse puesto a la cabeza de los
proyectos más arriesgados, inverosímiles, que ha dado el cine
en los últimos años. Forjado a fuego en el campo siempre libre,
despreocupado, del videoclip (como sus partenaires de profesión David
Fincher o Spike Jonze), Gondry se puso al servicio de grandes personalidades
de la música que, atraídos por su observación única,
se acercaron a él ávidos de una estética que supiera encontrar
los dobleces y recovecos de lo cotidiano. Así, Bjork, los Rolling Stones
o Massive Attack han tenido el privilegio de encargarle trabajos, al igual que
las marcas Coca Cola o Levi´s, que también pusieron su mirada en
el discreto talento de un hasta entonces desconocido y joven cineasta europeo.
Y la cara oculta del Hollywood actual, aquella que es consciente del abandono
del auténtico sentido de lo cinematográfico y que sabe lo difícil
que resulta la combinación negocio y arte, ha sabido como buscarle, agazapada,
siempre atenta, ansiosa de miradas diferentes que puedan enriquecer, en habilidad
y dinero, la agotada industria, desesperada por encontrar una originalidad perdida
en remakes innecesarios y héroes de comic de cualquier clase y condición.
Así inicia un sorprendido Gondry su andadura al otro lado del charco.
Y admirable ha sido su camino pues nunca se ha perdido de vista a sí
mismo y tampoco se ha vendido, como muchos otros, al mejor postor a cambio de
un mayor reconocimiento u oportunidades. El método paciente y pausado
de fidelidad a su propia visión le ha salido bien: en la estrecha colaboración
con su alter-ego en el ámbito del guión y la producción,
el prolífico y brillante Charlie Kaufman, Gondry ha encontrado el lugar
que buscaba, materializado en dos películas de difícil clasificación,
no accesibles para el publico mayoritario, pero tampoco oscurecidas por lo críptico
de un mensaje autoral contaminado por la soberbia. En Human Nature,
el tándem Kaufman-Gondry puso en marcha el engranaje de una maquinaria
que sabe enlazar el surrealismo obsesivo, elocuente, carente de fronteras diegéticas
que envuelve las historias del primero con la atmósfera onírica,
desgarrada, irónica que destilan los planos de éste último.
Con unos irreconocibles Tim Robbins y Patricia Arquette como títeres
en un guiñol cargado de sátira y malicia inocente, la carcajada
inteligente es el arma de doble filo que realizador y escritor utilizan para
conducirnos a una profunda reflexión sobre la verdadera esencia del hombre,
el poder de los instintos y lo absurdo de la civilización como justificación
de la evolución humana.
Con el siguiente paso, también acompañado por Kaufman, Gondry
avanzó notablemente y, proporcionándole al primero la historia
a desarrollar, obtuvo un merecidísimo premio de la Academia al mejor
guión original por Olvídate de mí. En esta segunda
fábula, Michel consigue dar forma a uno de los pocos filmes que cuentan
una historia de amor huyendo, radicalmente, de todo lo que pueda oler a tópico;
experimentando con la fragmentación temporal en un estudio apasionante
sobre las esquinas recónditas de la mente humana y la imposibilidad de
orientar el amor a voluntad. Una película de sencillo planteamiento,
pero complejo entramado; donde Jim Carrey y Kate Winslet protagonizan un análisis
del enamoramiento y la convivencia que descubre su esencia verdadera, que se
atreve a dar forma a ese mágico punto entre dos vidas donde un “vale”
puede solucionar meses de disputas.
Tras este nuevo mérito, algo más reconocido y notablemente más
visto que el primero, la aceptación de Gondry como realizador único,
respetado y respetable, no deja espacio para la duda. Y quizá la estabilidad
que da esa seguridad en su saber hacer es lo que le ha permitido soltar la mano
del gran Kaufman y continuar su sendero en solitario, tal como empezó.
Ha llegado el momento de desarrollar al máximo el ego creador, de continuar
subyugando a esa creciente multitud de seguidores que han descubierto en el
metraje de sus filmes la posibilidad de encontrar un clavo ardiendo que rescate
al panorama hundido en una crisis prevista. Con La ciencia del sueño,
Gondry escribe y dirige un nuevo viaje a las habitaciones prohibidas del cerebro
y ésta vez se atreve con vivencias personales como principal reclamo.
Gael García Bernal se convierte esta vez en embajador de un mundo de
experimentos y recuerdos, conduciendo a su amada al interior de sus más
delirantes fantasías. Fascinante punto de partida para una nueva singladura
que, como siempre ocurre con Gondry, aparenta menos de lo que esconde.
Este francés no puede huir, al igual que sus personajes del destino,
del membrete que se ha ganado a pulso: “uno de los realizadores más
independientes y arriesgados de los últimos años”. Pero
detrás de las frases hechas, hay mucho más: una promesa de salvación,
una vía de escape profética para una narrativa saturada y raquítica.
Afortunadamente, le quedan muchos años para cumplir con las promesas
y evitar la perdición de la Sodoma y Gomorra del panorama cinematográfico
mundial. Apenas ha empezado a enseñarnos un pliegue mínimo de
un talento que sólo podemos intuir. Ojalá sigamos aquí
para acompañarle en la aventura.
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