La nieve y la filosofía del buen humor
Por
Carlos Aguilar Sambricio
Definición de Cine Independiente: Dícese de aquellas películas que no están sujetas económica o formalmente a los dictados de la industria cinematográfica, elaboradas de forma ajena a los agentes productores que la sustentan.
No son cine independiente aquellas películas de divisiones específicas de una ‘major’ y que se realizan bajo el amparo de ésta para buscar alcanzar un nicho de mercado diferente al de sus producciones convencionales. Tampoco son cine independiente aquellos productos patrios nacidos del paternalismo institucional y que se realizan únicamente con el ánimo de justificar el dinero que les da de comer.
El cine independiente no es necesariamente mejor que el dependiente pero conviene aclarar qué lo es y qué no. Y la película que nos ocupa, NevandoVoy, sin duda lo es. Lo es porque nació de la cabezonería de una argentina y una navarra que, aun sin subvenciones que las apoyaran, se lanzaron a la piscina para realizar su primera película. Con cuatro duros, lograron alcanzar su sueño y proyectar su película en festivales. Y sólo gracias al éxito en los mismos han podido recibir algo de dinero para hacer copias en 35mm y, por lo tanto, exhibirla comercialmente en unas pocas salas.
Pero como digo, más allá de lo loable de esta bonita historia, lo importante es la calidad de una película. El nivel de una película no proviene de una factura técnica cuidada donde se note cada euro o dólar invertidos. Nevando Voy adolece de ciertos defectos en el montaje y en el sonido, pequeños aspectos que denotan su carácter semi-amateur. Pero el nivel de un film proviene de los méritos del contenido y de cómo se articula dicho mensaje a través del lenguaje audiovisual.
El mayor inconveniente que he encontrado en Nevando Voy son ciertos problemas con el arco dramático de los personajes. No tanto por ser caprichosos e infantiles –la gente es así-, sino por cuestiones de estructura narrativa, las cuales provocan cierta brusquedad en el ritmo del conjunto.
, Sin embargo, si Nevando Voy es una obra reivindicable es porque está hecha con mimo, con un cariño hacia sus personajes que lleva a las realizadoras a centrar su mirada en los pequeños detalles, haciendo humanos y cercanos a los cuatro protagonistas que se van uniendo y distanciando.
Se nota que está hecha con la ilusión del debutante y que es honesta y prístina en su retrato. A riesgo de poder ser calificada como ingenua, y quizás lo es, consigue evitar caer en el cliché y, aunque adopta un final azucarado algo forzado, nos queda una disección muy natural de la cotidianeidad y de cómo las personas decidimos más de lo que creemos nuestros destinos y nuestra felicidad.
Nevando Voy sitúa la acción en una fábrica donde se embalan cadenas para la nieve y a la que llegan dos mujeres procedentes de una ETT. La más joven, Ángela -interpretada por una prometedora Laura de Pedro-, cambia completamente un entorno laboral gris gracias a su radiante personalidad.
Ángela se convierte en el eslabón que une la cadena de relaciones humanas en el trabajo. Con la misma ilusión que demuestran las cineastas, cree en la posibilidad de la alegría y nos muestra los daños que nos autoinfligimos con nuestros silencios. Nos enseña, además, lo equivocada que es la filosofía del mal humor y lo repleta de lugares comunes que está la mal llamada profesionalidad. Si Google, que es la empresa que más ha crecido económicamente en los últimos 10 años, tiene incluso futbolines en sus áreas de descanso, quizás deberíamos replantearnos el modelo de trabajo que siempre se ha fomentado.
La película mezcla la amargura y la frescura, lo que en cierto modo la emparenta con el cine argentino de principios de este siglo, esto es, esa clase de películas pequeñas con mucho corazón y que, a pesar de no destacar en el apartado formal, te hacen pensar mientras dibujas una sonrisa con la boca.
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