¿Y?
Por
Juan Antonio Bermúdez
Cuando lo mejor de un guión
es su premisa, chungo. La premisa de Tres días es rotunda, irrefutable:
la vida caduca pronto y los seres humanos la derrochamos en estúpidos
pleitos. Afilando y apuntando al refranero: a vivir, que son dos (o
tres) días. Pero en cine lo difícil, el verdadero reto, es pasar del
refrán al relato.
Tres días arranca como
una cinta (más) de catástrofes, en la casi siempre exitosa gama de
la amenaza a plazo fijo: en 72 horas, un meteorito colisionará con
la Tierra y todo lo que tiene que ver con el humano (ese ser que “es
lóbrego, mamífero y se peina”, como escribió César Vallejo) habrá
terminado.
Es inevitable acordarse de
Armageddon (Michael Bay, 1998), de Deep Impact (Mimi Leder,
1998) y de sustos más antiguos como los de Meteoro (Ronald Neame,
1979) o los del clásico de la serie B Cuando los mundos chocan
(Rudolph Maté, 1951).
Frente a esos precedentes,
Tres días promete dos cualidades: su aparente localismo y su aparente
fatalismo. No está protagonizada por héroes globales: no hay salvación
ni sacrificios, no hay expediciones ni astronautas, sino gente corriente
que afronta el fin del mundo en su pueblo, blanco y andaluz por más
señas. Las campanas de iglesia que estremecen el principio de la película
como contradictorio fondo cotidiano del apocalipsis son, hay que reconocerlo,
un hallazgo de enorme potencia evocadora.
Sembrado el cataclismo, la
trama podría haber optado por mostrar los detalles del dislocado comportamiento
humano en ese espacio-tiempo de entrada al infierno en el que es fácil
que el hombre se vuelva definitivamente un lobo para el hombre. Otras
películas lo han hecho ya (pienso, a bote pronto, en El tiempo del
lobo, de Haneke), pero su posible originalidad podría haber sido
desmenuzar esa hipótesis apocalíptica con todas sus consecuencias
en un pueblito sureño, contexto insólito.
Y, sin embargo, Tres días
gira a la media hora, en busca tal vez de la universalidad, hacia un
argumento muchísimo más cateto: una sórdida trama de venganza con
su refrito de perversiones, abruptos atajos narrativos, citas explícitas
a algunos clásicos de cabecera (de Vértigo a La noche del
cazador) y héroe tronado que culmina sus hazañas, como no podría
ser de otra forma (o sí), besando a la chica de sus sueños poco antes
de un final bastante menos convencional que el resto del metraje.
Creo que el mayor problema
del cine español no es su dependencia de las subvenciones, como cacarean
machaconamente los coristas del think-tank neocon. Tampoco
es su falta de diversidad o su obstinación por el drama social, como
sentencian los que confiesan en la siguiente pregunta que no ven cine
español. El mayor problema del cine español es su complejo de inferioridad
que, como gran aspiración, le lleva a remedar fórmulas acartonadas
del neobarroco hollywoodiense (Balagueró, Bayona, Fresnadillo, Gutiérrez…)
para mendigar con desespero una taquilla que se sigue jugando, no nos
engañemos, en las grandes campañas de marketing.
Una película como Tres
días demuestra que los cineastas españoles (incluidos los andaluces)
podemos ser igual de machitos que los cineastas de la industria estadounidense;
que, como ellos, también sabemos montar una banda sonora apabullante
y una fotografía resultona; que sabemos aturdir al espectador con sus
mismos viejos trucos de ilusionista decadente. Bien, ¿y? Personalmente,
espero algo distinto y algo más cuando pago una entrada.
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