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Tres días

Título

 Tres días

Título original
Tres días
Dirección
F. Javier Gutiérrez
Intérpretes
Víctor Clavijo
Mariana Cordero
Eduard Fernández
Juan Galván
Ana de las Cuevas
Año
2008
Guión
F. Javier Gutiérrez
Juan Velarde

 

¿Y?

Por Juan Antonio Bermúdez

Cuando lo mejor de un guión es su premisa, chungo. La premisa de Tres días es rotunda, irrefutable: la vida caduca pronto y los seres humanos la derrochamos en estúpidos pleitos. Afilando y apuntando al refranero: a vivir, que son dos (o tres) días. Pero en cine lo difícil, el verdadero reto, es pasar del refrán al relato.

Tres días arranca como una cinta (más) de catástrofes, en la casi siempre exitosa gama de la amenaza a plazo fijo: en 72 horas, un meteorito colisionará con la Tierra y todo lo que tiene que ver con el humano (ese ser que “es lóbrego, mamífero y se peina”, como escribió César Vallejo) habrá terminado.

Es inevitable acordarse de Armageddon (Michael Bay, 1998), de Deep Impact (Mimi Leder, 1998) y de sustos más antiguos como los de Meteoro (Ronald Neame, 1979) o los del clásico de la serie B Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951).

Frente a esos precedentes, Tres días promete dos cualidades: su aparente localismo y su aparente fatalismo. No está protagonizada por héroes globales: no hay salvación ni sacrificios, no hay expediciones ni astronautas, sino gente corriente que afronta el fin del mundo en su pueblo, blanco y andaluz por más señas. Las campanas de iglesia que estremecen el principio de la película como contradictorio fondo cotidiano del apocalipsis son, hay que reconocerlo, un hallazgo de enorme potencia evocadora.

Sembrado el cataclismo, la trama podría haber optado por mostrar los detalles del dislocado comportamiento humano en ese espacio-tiempo de entrada al infierno en el que es fácil que el hombre se vuelva definitivamente un lobo para el hombre. Otras películas lo han hecho ya (pienso, a bote pronto, en El tiempo del lobo, de Haneke), pero su posible originalidad podría haber sido desmenuzar esa hipótesis apocalíptica con todas sus consecuencias en un pueblito sureño, contexto insólito.

Y, sin embargo, Tres días gira a la media hora, en busca tal vez de la universalidad, hacia un argumento muchísimo más cateto: una sórdida trama de venganza con su refrito de perversiones, abruptos atajos narrativos, citas explícitas a algunos clásicos de cabecera (de Vértigo a La noche del cazador) y héroe tronado que culmina sus hazañas, como no podría ser de otra forma (o sí), besando a la chica de sus sueños poco antes de un final bastante menos convencional que el resto del metraje.

Creo que el mayor problema del cine español no es su dependencia de las subvenciones, como cacarean machaconamente los coristas del think-tank neocon. Tampoco es su falta de diversidad o su obstinación por el drama social, como sentencian los que confiesan en la siguiente pregunta que no ven cine español. El mayor problema del cine español es su complejo de inferioridad que, como gran aspiración, le lleva a remedar fórmulas acartonadas del neobarroco hollywoodiense (Balagueró, Bayona, Fresnadillo, Gutiérrez…) para mendigar con desespero una taquilla que se sigue jugando, no nos engañemos, en las grandes campañas de marketing.

Una película como Tres días demuestra que los cineastas españoles (incluidos los andaluces) podemos ser igual de machitos que los cineastas de la industria estadounidense; que, como ellos, también sabemos montar una banda sonora apabullante y una fotografía resultona; que sabemos aturdir al espectador con sus mismos viejos trucos de ilusionista decadente. Bien, ¿y? Personalmente, espero algo distinto y algo más cuando pago una entrada.

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