Es oro todo lo que reluce
Por
Ana Rodríguez García
En La maldición de la flor dorada (The Curse of the Golden Flower, 2006) el realizador chino Zhang Yimou explota por tercera vez una fórmula genérica de reconocido éxito, la mezcla de melodrama aderezado con elementos de cine de acción específicos de la cultura china: el wuxia. Esta filosofía caballeresca de las artes marciales que se gestó en Hong Kong y Taiwan es una pura exhibición de lucha en espectaculares batallas, alejada del talante más costumbrista e intimista que le valió hace años a este autor el reconocimiento popular, con obras de la talla de El camino a casa o Ni uno menos.
Admirador reconocido del cine de artes marciales, Yimou inició con Hero una serie de obras épicas continuada por La casa de las dagas voladoras, que abordaban no sólo la constitución del gran Imperio a lo largo de una Edad Media fascinante, exótica e inabarcable en términos de duración, sino también la historia fantástica de un puñado de guerreros legendarios que lo forjaron a golpe de espada. Como los héroes de las tragedias clásicas, los protagonistas sacrifican sus vidas en aras de unos valores sublimes como la lealtad, el amor, o la amistad, mientras que otros sucumben a pasiones más bajas, como la codicia de poder, los celos o la traición. Personajes encabezados en este filme por la espléndida Gong Li, antigua musa de Yimou, que hipnotiza una vez más con su exuberante belleza de Emperatriz enfermiza, dispuesta a todo con tal de consumar su venganza, y por un Chow Yun Fat imponente en la figura del terrible Emperador obsesionado por mantener el trono a toda costa. Se paladea cierto regusto a drama de Shakespeare. Aunque la acción no transcurra en Dinamarca, algo huele a podrido también en esta historia de intrigas palaciegas en el ocaso del poder de la dinastía Tang (aproximadamente hacia el año 1000 de nuestra era), justamente célebre por la opulencia de la que se rodeaba.
No por casualidad La maldición de la flor dorada es, hasta la fecha, la película más cara rodada en China. El planteamiento de esta superproducción es fastuoso hasta tal punto que el público difícilmente podrá resistirse al espectáculo que se muestra ante sus ojos. De una belleza cautivadora son las imágenes de las batallas, las coreografías imposibles de las luchas, los pintorescos espacios naturales o los barrocos escenarios imperiales en los que se desarrolla la trama. Sin olvidarnos de un diseño de vestuario tan efectista que mereció una nominación en la última edición de los Oscar. Un derroche de lujos exagerados entre los que brilla con especial fuerza el omnipresente crisantemo del color del oro, elemento que simboliza la figura del Emperador e inunda cada fotograma del filme hasta casi provocar un empacho visual al espectador.
Porque Yimou no ha renunciado en ningún momento a sus orígenes como fotógrafo. Como ya hiciera antaño en La linterna roja y a lo largo de su posterior producción, lleva a cabo una puesta en escena que se recrea hasta en el más mínimo detalle, con largos planos que enfatizan la poética de los colores y las formas. El propio autor declara que su propósito como artista es que su obra perdure en la memoria colectiva. Para él supondría todo un triunfo el hecho de que en un futuro los espectadores aún recordasen las hermosas imágenes coloristas que caracterizan su extensa filmografía.
Pero reconozcamos que el valor del filme no reside únicamente en la originalidad de su propuesta estética, sino principalmente en la complejidad de salir airoso de la realización de un proyecto semejante, concebido a base de secuencias a gran escala. Tal es el caso de la batalla final en la que participan innumerables extras, que tiene lugar en un inmenso decorado que nos remite a la ciudad prohibida de Beijing, y después de la cual sólo queda una plaza cubierta por aplastados pétalos dorados de crisantemo, teñida por la sangre de un millón de soldados. Una auténtica apoteosis final que pone de manifiesto la capacidad de su director para desenvolverse a sus anchas en proyectos de tamaña magnitud.
Resulta cuanto menos curioso recordar que Zhang Yimou fuera en otra época censurado por el gobierno chino, quien puso todo tipo de trabas a la distribución de algunas de sus películas, como La semilla del crisantemo o La linterna roja, llegando incluso a prohibirlas por encontrarse fuera de la órbita del pensamiento totalitario gubernamental. Sería prácticamente imposible que esto sucediese con La maldición de la flor dorada, puesto que su rentabilidad se ha convertido en la mejor prueba de que China exporta productos buenos, bonitos, pero que no siempre tienen por qué ser baratos.
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