Fin de un viaje infinito
Por
Sergio Vargas
Siete años desde el estreno de la descorazonadora y maravillosa Requiem por un sueño se ha prolongado el silencio de Darren Aronofsky, uno de los directores americanos más prometedores de los últimos tiempos. Proyectos como las adaptaciones de Ronin, la novela gráfica de Frank Miller, y Watchmen de Alan Moore, esta última finalmente en manos de Zack Snyder, se le vinieron abajo. También problemas y más problemas en los preliminares de esta La fuente de la vida, en la que Brad Pitt iba a ser originalmente el protagonista, pero al final, y ahora con una sobresaliente interpretación de Hugh Jackman en su lugar, la película ha podido ver cómo es una sala de proyección por dentro.
Darren Aronofsky, lejos de hacer un cine comercial con sus dos películas previas, Pi: Fe en el caos y la mencionada Requiem por un sueño, destacó con aquellas sobre todo por un estilo visual personal, moderno y atractivo, fundamentado en numerosos recursos, no precisamente nuevos, pero sí utilizados con criterio y muy bien aplicados dentro de su narración, tales como la colocación de cámaras en el cuerpo de los protagonistas, el empleo de la pantalla dividida, o el bombardeo indiscriminado de fotogramas, solo por citar los más llamativos y recurrentes.
En La fuente de la vida, al contrario de lo que opinan las numerosas voces que se han dedicado, injustamente a mi juicio, a destrozarla sin piedad esgrimiendo argumentos como que Aronofsky se ha vendido a Hollywood y que ya no queda rastro, al no haberlo de su llamativa maquinaria visual, del autor, el realizador estadounidense vuelve por sus fueros con una historia tan ambiciosa como lo fueron las anteriores (en la primera un matemático intentaba probar, como un moderno Pitágoras, que todo en la naturaleza tiene explicación a través de los números; en la otra se adentraba en los complicados mecanismos de la adicción mediante las autodestructivas historias cruzadas de varios personajes con diversas y malsanas aficiones) o incluso más: La fuente de la vida nos narra tres momentos de la historia de tres hombres que tal vez son el mismo, abarcando un periodo de más de mil años de distancia, desde la España medieval hasta una burbuja espacial que viaja hacia una estrella moribunda, pasando por nuestros días, año arriba o abajo.
En la historia central, la que se desarrolla en el presente, Hugh Jackman es Tom Creo, un doctor que trata de encontrar una cura contra el cáncer mediante una vida dedicada casi por completo a la investigación. Poco a poco, irá autoconvenciéndose de que tal vez está cerca de curar la muerte, de alcanzar la vida eterna a través de la ciencia. Y todos estos esfuerzos son para intentar salvar a Izzi (Rachel Weisz), su mujer, que tiene un tumor irreversible. Una sencilla y a la vez muy emotiva historia de amor, cuya fuerza reside sobre todo en las interpretaciones tanto de Jackman como de Weisz, en la maravillosa y casi continua partitura de Clint Mansell (interpretada por Kronos Quartet y Mogwai), que repite una vez más con el director, pero también en la narración de este último, que desde luego, al menos en la parte desarrollada en el presente, elude los efectivos efectismos visuales de sus anteriores obras, pero sin descuidar ni un ápice una puesta en escena milimétrica, donde la cámara se coloca siempre en el lugar más adecuado, podría decirse que en el único posible, y también tienen cabida ciertas licencias estéticas como planos cenitales y contrapicados, fundidos de imágenes, travellings que atraviesan ventanas… Y con momentos desgarradores que ponen la carne de gallina (por ejemplo toda la secuencia en que le anuncian a Tom que el tumor del animal ha remitido, o aquella en que Izzi le pide que termine su novela; esa novela que tal vez habla de esa misma novela, y así hasta el infinito, como nos gusta finalizar muchos razonamientos a los matemáticos, como si eso fuese tan sencillo de imaginar, y tal vez lo sea)
Las partes que transcurren en el pasado y en el futuro, en el que tienen ecos tanto temáticos (el anillo, el árbol, la propia búsqueda) como visuales (el paso del protagonista en coche primero, y a caballo minutos más tarde en un plano similar con la cámara ubicada bajo el suelo), son mucho más impactantes visualmente que la actual, en gran medida gracias a la fotografía de Mathew Libatique (otro que repite con Aronofsky) plagada de contrastes lumínicos, y sirven principalmente como refuerzo de la idea central, exponenciada en el presente: la búsqueda de la inmortalidad enfrentada al encuentro con la mortalidad; y por último, la aceptación de ésta, del mismo modo que el Max Cohen de Pi aceptaba su fracaso, el hecho de que no se podía explicar todo mediante la matemática, o al menos que él no podía hallar cómo.
Y podría decirse, sin faltar a la verdad, que el final, en el que convergen las tres historias (el encuentro del árbol, la plantación de la simiente, la fusión con la estrella), de quince, veinte, ¿tal vez veinticinco? minutos, es un videoclip, que es puro exceso, que está prolongado hasta la saciedad. Pero es que está tan bien hecho, que solo puede alabarse conseguir algo tan sumamente redondo.
Dice Aronofsky que es “una historia de amor muy sencilla sobre la pérdida de un ser querido y sobre lo que eso te enseña. En cada una de sus personificaciones, Thomas ama a Izzi/Isabel tan profundamente que hará cualquier cosa que esté en su mano para mantenerla con vida. De lo que no se da cuenta es que al tratar inexorablemente de hallar una forma de que estén juntos para siempre, está perdiendo la oportunidad de disfrutar de la vida a su lado”. Un mensaje sencillo, como dice Aronofsky, y que olvidamos a menudo. Efectivamente, la eternidad es demasiado inmensa como para pasársela muerto, pero ya que no queda otro remedio, tenemos que invertir bien la infinitésima parte que nos resta de vida.
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