Ficha técnica

 

 


A todo gas 2

Dos duros sobre ruedas

Por Pablo Vázquez

Las secuelas, siempre bienvenidas, no dejan de tener una extraña relación con las carreras ilegales de coches. Capaces de ofrecernos por segunda vez personajes e historias que ya habíamos cerrado en la memoria (y de ese carácter contranarrativo viene su relación con la ilegalidad), emprenden una contrarreloj suicida con su precedente, ante un público nunca tan exigente y selecto. Singleton se la jugaba, pero le ha echado agallas porque es un tipo duro; esta recuperación de A todo gas parte sin las dos ruedas delanteras que eran la grasa y el motor de su antecesora: Vin Diessel y Michelle Rodríguez. El resultado, sin ser óptimo, es disfrutable: el director de Semillas de rencor no corre más que el filme de Rob Cohen, pero consigue llegar a la meta con la carrocería intacta, y sin pasarse de tiempo.

A todo gas 2 derrocha chulería y espíritu macarra desde su título original, una caradura de la que su director parece querer hacer marca de estilo en sus últimas incursiones menos personales (recordemos Shaft: el retorno). Muy astutamente, Singleton nos cuela a Tyrese (de Baby boy) como copiloto, dando vida a un personaje en su justo punto de amoralidad y cinismo, con un pie en los polvoriento setenta y otro en el guetto, convirtiéndose en el emblema y mayor atractivo de esta segunda entrega. Lejana del tono de tragedia pulp del original, la película bordea la autoparodia sin perder el equilibrio, pues Singleton elude las descripciones del lumpen de la velocidad para arrastrarnos de lleno a una juerga hortera de diálogos imposibles, chistes fáciles y mansiones imponentes, ofreciéndonos lo más parecido a una aventura de Andy Sidaris en clave buddy movie -Paul Rudd y el propio Tyrese son los anfitriones y jefes del chiringuito- y en la que el calor sexual no sobrepasa nunca el apretado bikini de Eva Mendes.

En el fondo, al margen de las excelentes secuencias de acción, todo en la película es material de quinta mano; estamos ante una de esas tramas de maleantes infiltrados que logran su redención por el propio interés y sin el mínimo esfuerzo. No nos importa; lo que vamos a recordar y a disfrutar son los numeritos más fantasmas y exhibicionistas: el coche devorado por las fauces de un camión, Rudd y Mendes mirándose a los ojos en pleno subidón cinético, el salto final sobre el barco, el puente levadizo, la cámara metiéndose en las tripas del mecanismo del automóvil… Sobra cierta insistencia del guión sobre el pasado de los protagonistas y alguna línea demasiado trillada, pero la esencia es la pura velocidad y la destrucción de metal sin coartadas: exactamente lo que pagamos por ver.

No sé si, con el tiempo, esta simpática macarrada tendrá el encanto de Los jóvenes corredores de Corman o la estupenda Thunder alley de Richard Rush, aunque apostaría mi metrobus a que sí; de momento sólo cabe decir que apabulla, calienta y divierte lo justo y necesario, sea uno o no aficionado a las películas sobre ruedas.

 

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